Durante los últimos años, la educación ha vivido una profunda transformación. Nuevas metodologías, más tecnología en las aulas y una creciente preocupación por el bienestar emocional de la infancia han puesto sobre la mesa una pregunta clave: ¿cómo están aprendiendo realmente nuestros niños y niñas? En este contexto, 2026 se presenta como un año decisivo para recuperar algo esencial que nunca debimos perder: el aprendizaje en contacto con la naturaleza.

Una infancia cada vez más alejada del entorno natural

Hoy, muchos niños y niñas pasan gran parte de su tiempo en espacios cerrados y frente a pantallas. Aunque la tecnología puede ser una herramienta educativa valiosa, su uso excesivo está desplazando experiencias fundamentales para el desarrollo infantil: explorar, observar, tocar, moverse y experimentar con el entorno.

Diversos estudios señalan que el contacto con la naturaleza mejora la concentración, reduce el estrés y favorece el desarrollo emocional y social. Sin embargo, este contacto es cada vez más escaso. Volver a aprender al aire libre no es una tendencia pasajera, sino una respuesta educativa necesaria a los desafíos actuales.

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Aprender con el cuerpo, no solo con la cabeza

La educación al aire libre permite un aprendizaje mucho más completo, donde intervienen el cuerpo, los sentidos y las emociones. Cuando un niño observa un animal, cuida un huerto o participa en una actividad cooperativa en un entorno natural, el aprendizaje deja de ser abstracto para convertirse en una experiencia significativa.

Este tipo de aprendizaje experiencial:

  • Refuerza la curiosidad natural.
  • Mejora la retención de conocimientos.
  • Fomenta la autonomía y la autoestima.
  • Desarrolla habilidades sociales como la cooperación y la empatía.

En 2026, cuando cada vez se habla más de competencias y menos de memorización, aprender haciendo cobra más sentido que nunca.

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Naturaleza y bienestar emocional: una relación directa

El bienestar emocional de la infancia se ha convertido en una prioridad educativa. Ansiedad, dificultades de atención o problemas de convivencia aparecen cada vez con más frecuencia en edades tempranas. La naturaleza actúa como un regulador emocional natural.

Los entornos abiertos favorecen el movimiento libre, reducen la sobreestimulación y ofrecen espacios donde niños y niñas pueden expresarse sin la presión constante del aula tradicional. Además, el contacto con animales y con ciclos naturales ayuda a desarrollar la paciencia, la responsabilidad y el respeto por los ritmos propios y ajenos.

Volver a aprender al aire libre es también una forma de cuidar la salud mental desde la infancia.

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Educación en valores desde la experiencia

Hablar de sostenibilidad, respeto al medio ambiente o consumo responsable resulta mucho más efectivo cuando se vive en primera persona. La educación en la naturaleza permite que estos valores no se queden en conceptos teóricos, sino que se integren de forma natural en el día a día.

Cuando un niño comprende de dónde vienen los alimentos, observa el impacto de sus acciones en el entorno o participa en el cuidado de un espacio común, desarrolla una conciencia ecológica real y duradera. En un momento en el que el futuro del planeta preocupa cada vez más, educar en valores desde la experiencia es una inversión a largo plazo.

El papel de las experiencias educativas fuera del aula

Las salidas escolares, las granjas escuela y los programas educativos en entornos naturales no son actividades complementarias, sino parte esencial del proceso educativo. Aportan aprendizajes que difícilmente pueden reproducirse entre cuatro paredes y enriquecen el trabajo que se realiza en los centros educativos.

Además, estas experiencias favorecen la inclusión, ya que permiten que cada niño y niña participe desde sus propias capacidades, descubriendo talentos que muchas veces no emergen en el aula convencional.

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2026: un punto de inflexión educativo

Cada inicio de año invita a replantear prioridades. En 2026, muchas familias y educadores están buscando una educación más humana, equilibrada y conectada con la realidad. Volver a aprender al aire libre responde a esta necesidad, ofreciendo espacios donde el aprendizaje se vive con todos los sentidos.

No se trata de renunciar a los avances tecnológicos, sino de encontrar un equilibrio: una educación que combine innovación con contacto con la naturaleza, contenidos académicos con experiencias vitales y conocimiento con emoción.

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Mirar al futuro volviendo a lo esencial

Educar en contacto con la naturaleza no es mirar atrás, sino avanzar con criterio. Es reconocer que el desarrollo integral de niños y niñas necesita tiempo, espacio y experiencias reales. En 2026, volver a aprender al aire libre es una apuesta por una educación más consciente, más respetuosa y más conectada con la vida.

Porque aprender no solo ocurre en los libros, sino también al observar, experimentar y sentir el mundo que nos rodea.

La Navidad es una época que los adultos solemos mirar desde la nostalgia, la organización y, a veces, el estrés. Para niños y niñas, sin embargo, estas fechas se viven de una forma muy distinta. No tanto desde el calendario o los compromisos, sino desde la emoción, la imaginación y la necesidad de sentirse acompañados.

Entender cómo viven la Navidad nuestros hijos e hijas es una oportunidad para conectar mejor con ellos y ellas y para replantearnos qué es realmente importante en estas fechas.

cómo viven la Navidad los niños

La Navidad desde la mirada infantil

Para la infancia, la Navidad no es una suma de comidas, regalos y horarios apretados. Es, sobre todo, un tiempo diferente. Cambian las rutinas, el ritmo del colegio se detiene, aparecen luces, historias, tradiciones y un ambiente que invita a soñar.

Los niños y niñas viven estas semanas con una intensidad especial porque todo parece posible. La magia no está solo en los regalos, sino en la anticipación, en los rituales repetidos cada año y en la sensación de estar más tiempo con las personas que quieren.

Sin embargo, esta intensidad también puede traer emociones contradictorias: ilusión, sí, pero también cansancio, nerviosismo o incluso sobreestimulación. Por eso es importante acompañarles desde la escucha y el respeto a su ritmo.

Menos cosas, más experiencias

Aunque el imaginario navideño está muy ligado al consumo, la experiencia nos demuestra que lo que más recuerdan los niños y niñas no son los objetos, sino los momentos compartidos. Cocinar juntos, preparar una decoración sencilla, salir a pasear por el campo o escuchar una historia contada con calma deja una huella mucho más profunda.

En espacios educativos como CEI El Jarama, donde el aprendizaje se vincula a la experiencia, al juego y al contacto con la naturaleza, este enfoque cobra aún más sentido. La Navidad puede ser un tiempo para sembrar valores como la cooperación, la gratitud, el cuidado del entorno y la empatía.

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La importancia de la naturaleza también en Navidad

Durante las vacaciones, muchos niños pasan más tiempo en interiores, frente a pantallas o en entornos muy estimulantes. Sin embargo, el contacto con la naturaleza sigue siendo esencial también en estas fechas.

Salir al aire libre, observar los cambios del invierno, tocar la tierra, cuidar de los animales o simplemente jugar sin estructuras cerradas ayuda a regular emociones, reducir el estrés y favorecer el bienestar emocional. La naturaleza ofrece algo que la Navidad a veces pierde: calma y conexión.

Para los niños y niñas, estos momentos no son “tiempo vacío”, sino experiencias llenas de significado.

Rutinas, seguridad y emoción

Aunque las vacaciones implican cierta flexibilidad, mantener pequeñas rutinas aporta seguridad a la infancia. Horarios de sueño razonables, tiempos de juego libre y espacios de calma ayudan a que la Navidad se viva desde la alegría y no desde el agotamiento.

La emoción es bienvenida, pero necesita equilibrio. Los niños y niñas necesitan saber qué esperar, sentirse acompañados y contar con adultos que estén presentes, no solo ocupados.

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La Navidad como oportunidad educativa

La Navidad también es un momento privilegiado para trabajar valores de forma natural: compartir, esperar, agradecer, cuidar de los demás y del entorno. No desde grandes discursos, sino desde el ejemplo cotidiano.

Participar en tareas sencillas, responsabilizarse del cuidado de animales o plantas, entender de dónde vienen los alimentos o aprender a respetar los ritmos de la naturaleza son aprendizajes que encajan de forma orgánica con el espíritu de estas fechas.

Desde una mirada educativa, la Navidad no es un paréntesis, sino una continuidad del desarrollo emocional y social de la infancia.

NAVIDAD

Escuchar cómo la viven

Quizá una de las claves más importantes sea preguntarles. Escuchar cómo viven ellos la Navidad, qué les ilusiona, qué les preocupa o qué necesitan. Muchas veces, sus respuestas nos sorprenden y nos ayudan a simplificar.

Para los niños y niñas, la Navidad no necesita ser perfecta. Necesita ser auténtica.

Volver a lo esencial

En CEI El Jarama creemos que la infancia florece cuando hay tiempo, naturaleza, juego y vínculos reales. La Navidad puede ser una oportunidad para volver a lo esencial, para bajar el ritmo y para acompañar a nuestros hijos e hijas desde una presencia más consciente.

Porque, al final, la Navidad que recordarán no será la más brillante, sino aquella en la que se sintieron seguros, escuchados y libres para ser niños y niñas.

El mundo de la educación está en constante transformación, y cada año surgen nuevas tendencias que buscan mejorar el aprendizaje y el desarrollo integral de los niños y niñas. Para 2026, algunas de estas tendencias ya se perfilan como claves, y muchas de ellas encajan perfectamente con la filosofía de CEI El Jarama, un centro educativo que apuesta por la educación al aire libre, el contacto con la naturaleza y el desarrollo de habilidades socioemocionales.

1. Educación al aire libre y aprendizaje experiencial


La educación al aire libre en Madrid se está consolidando como una herramienta fundamental para estimular la curiosidad, la creatividad y la autonomía de los niños/as. Actividades fuera del aula, excursiones y campamentos de verano educativos no solo fomentan la actividad física, sino que también permiten aprender de forma práctica y sensorial, conectando a los niños/as con su entorno natural. CEI El Jarama es un referente en este tipo de aprendizaje experiencial.

2. Desarrollo de habilidades socioemocionales (soft skills)


Las competencias socioemocionales, como la empatía, la comunicación, la resiliencia y el trabajo en equipo, son cada vez más valoradas en la educación. En 2026, las escuelas seguirán incorporando dinámicas grupales, juegos cooperativos y proyectos de aula diseñados para fortalecer estas habilidades desde edades tempranas, preparando a los niños/as para la vida y el futuro profesional.

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3. Contacto con animales y aprendizaje emocional


El aprendizaje con animales permite a los niños/as desarrollar responsabilidad, respeto y compasión. En CEI El Jarama, los niños/as interactúan con animales de granja y un huerto ecológico, integrando experiencias prácticas que fomentan tanto la inteligencia emocional como el aprendizaje científico de manera divertida y significativa.

4. Fomento de la curiosidad científica


La ciencia para niños/as va más allá del laboratorio: en 2026, se fomentará el aprendizaje basado en la exploración, la experimentación y la resolución de problemas reales. Actividades como observaciones de la naturaleza, proyectos de reciclaje o experiencias con energía y agua ayudan a desarrollar pensamiento crítico y habilidades investigadoras desde la infancia.

5. Educación ecológica y sostenibilidad


La educación ambiental se está convirtiendo en un pilar fundamental en los centros educativos de Madrid. Enseñar a los niños/as sobre sostenibilidad, reciclaje, alimentación saludable y cuidado del entorno les permite convertirse en ciudadanos responsables desde pequeños. Integrar prácticas ecológicas en la rutina escolar y en los campamentos de verano educativos será clave en 2026.

6. Aprendizaje de idiomas desde edades tempranas


El inglés y otros idiomas seguirán siendo esenciales en la educación infantil. Las metodologías inmersivas y lúdicas, como juegos, canciones y actividades diarias, permiten a los niños/as aprender de forma natural y divertida, desarrollando una competencia comunicativa sólida que les acompañará toda la vida.

7. Alimentación saludable como parte de la educación


Más que ofrecer menús equilibrados, la educación alimentaria busca que los niños/as comprendan los alimentos, su origen y su impacto en la salud. Actividades como cultivar un huerto escolar o cocinar en el aula fomentan hábitos saludables y conciencia sobre la alimentación, un aspecto clave de la educación integral en CEI El Jarama.

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8. Creatividad y expresión artística


El desarrollo de la creatividad sigue siendo una tendencia esencial. Talleres de arte, música, teatro y proyectos de construcción permiten a los niños/as expresarse, resolver problemas de forma innovadora y fortalecer la confianza en sí mismos. La creatividad es una competencia clave para el aprendizaje del siglo XXI.

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9. Campamentos de verano educativos


Los campamentos de verano en Madrid combinan educación, diversión y desarrollo integral. Actividades al aire libre, contacto con animales, aprendizaje de inglés y proyectos de ecología permiten a los niños/as adquirir habilidades prácticas y socioemocionales, reforzando todo lo aprendido durante el curso escolar.

10. Uso responsable de las tecnologías



La tecnología seguirá siendo un apoyo importante en la educación infantil, siempre de manera complementaria y con una supervisión responsable por parte de padres, madres y educadores. Aplicaciones educativas, recursos interactivos y robótica básica potencian la curiosidad científica y el aprendizaje personalizado sin sustituir la experiencia directa y sensorial que CEI El Jarama ofrece.

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En conclusión, 2026 será un año en el que la educación infantil buscará un equilibrio entre naturaleza, desarrollo integral y tecnología. La combinación de educación al aire libre, habilidades socioemocionales, contacto con animales, curiosidad científica, alimentación saludable y creatividad define un modelo educativo completo y alineado con los valores de CEI El Jarama.

Si buscas un centro educativo en Madrid que prepare a los niños/as para el futuro con aprendizaje experiencial, campamentos de verano educativos y desarrollo integral, CEI El Jarama es la opción ideal para una educación significativa y transformadora.

El invierno llega cargado de cambios: días más cortos, temperaturas más bajas y un ambiente que invita a quedarse en casa, a buscar calor y a compartir momentos más tranquilos. Aunque muchas personas asocian esta estación con la rutina, el frío o la falta de luz, en realidad el invierno puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para fortalecer los vínculos familiares.

En CEI El Jarama, donde sabemos que el tiempo compartido en la naturaleza y las experiencias vivenciales son claves en el desarrollo infantil, también valoramos lo que sucede puertas adentro. El invierno nos recuerda que la conexión familiar no depende tanto del entorno, sino de la presencia, la atención y la calidad del tiempo que compartimos con nuestras hijas e hijos.

Un ritmo más pausado para reconectar

Tras la intensidad del curso escolar, las prisas de septiembre y octubre y el ajetreo de diciembre, el invierno trae consigo un ritmo más lento. Los planes al aire libre disminuyen y las tardes se vuelven más caseras, creando un contexto perfecto para recuperar conversaciones, juegos y rutinas que durante otras épocas resultan más difíciles de mantener.

Este ritmo más pausado ayuda a madres, padres, hijos e hijas a encontrarse sin prisas, sin tantas interrupciones y sin la presión de estar haciendo mil cosas a la vez. En ese silencio, en esa calma, aparecen espacios valiosos para escucharse, compartir impresiones del día, hablar de emociones o incluso disfrutar juntos de momentos sin palabras.

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Actividades que fortalecen los vínculos

Las relaciones familiares no se fortalecen solo con grandes gestos, sino con pequeñas acciones repetidas y sentidas. El invierno ofrece un catálogo precioso de actividades que pueden ayudar a estrechar esos lazos:

1. Cocinar en familia

Preparar una merienda caliente, unas galletas o una receta tradicional puede convertirse en un ritual invernal maravilloso. La cocina enseña paciencia, trabajo en equipo, creatividad y responsabilidad. Y, además, ofrece una excusa perfecta para conversar mientras se espera a que algo se hornee.

2. Juegos de mesa y actividades creativas

Puzzles, manualidades, lectura compartida, construcciones o juegos de mesa son actividades que fomentan la cooperación, el pensamiento crítico y la comunicación. A través del juego, niñas y niños expresan lo que sienten, muestran su personalidad y fortalecen el vínculo emocional con sus familias.

3. Tiempo de calidad sin pantallas

El invierno suele invitarnos a buscar entretenimiento digital, pero también puede ser el momento ideal para equilibrar y crear espacios sin dispositivos electrónicos. Un rato al día de desconexión ayuda a estar más presentes y a conectar de forma más auténtica.

4. Paseos cortos y observación de la naturaleza

Aunque haga frío, el invierno tiene su propia belleza. Dar un paseo, observar cómo cambia el paisaje o disfrutar del aire fresco puede convertirse en una actividad simbólica: salir juntos, hablar, explorar y compartir sensaciones.

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El poder de acompañar emociones en invierno


Durante el invierno, niñas y niños también pueden experimentar cambios de humor debidos a la falta de luz, el cansancio acumulado del trimestre o el propio ritmo de sus procesos internos. En estos momentos, la presencia adulta es fundamental.

Acompañar emociones significa estar disponibles, validar lo que sienten, poner palabras a lo que aún no saben expresar y ayudarles a comprenderse mejor. Cuando madres y padres muestran apertura, paciencia y afecto, los niños y niñas aprenden que sus emociones son importantes y que cuentan con un espacio seguro para expresarlas.

Este tipo de acompañamiento fortalece enormemente la relación familiar y sienta las bases de una comunicación positiva a lo largo de toda la vida.

Rutinas que generan seguridad

El invierno también es una época ideal para fortalecer o recuperar rutinas familiares que dan estructura y tranquilidad a niñas y niños: la hora del cuento, un rato de lectura compartida, cenas sin pantallas o un pequeño ritual de despedida antes de dormir.

Estas rutinas no solo fortalecen vínculos, sino que aportan seguridad emocional. Las criaturas saben qué esperar, se sienten acompañadas y desarrollan habilidades relacionadas con la autonomía y la responsabilidad.

Pasar tiempo juntas y juntos: el mejor regalo

Cuando pensamos en fortalecer la relación entre madres, padres, hijos e hijas, a veces imaginamos que debe ser algo extraordinario. Sin embargo, lo que realmente construye vínculos sólidos son los momentos cotidianos compartidos: una conversación sincera, una risa compartida, un abrazo inesperado, un juego improvisado o una comida hecha con cariño.

El invierno nos regala un marco ideal para que esos momentos florezcan. Nos invita a recogernos, a estar más cerca, a escucharnos y a disfrutar de cosas sencillas que, sin darnos cuenta, se convierten en recuerdos que acompañan toda la vida.

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En resumen: un invierno para acercarnos más

El frío, la calma, el hogar y el tiempo compartido hacen del invierno una estación perfecta para fortalecer las relaciones familiares. Para madres, padres, hijos e hijas, esta época representa una oportunidad única para reconectar, escucharse y compartir experiencias que enriquecen el crecimiento emocional y personal de toda la familia.

En CEI El Jarama creemos profundamente en el valor del vínculo afectivo y en su impacto en el desarrollo infantil. Por eso, animamos a todas las familias a aprovechar esta estación para construir relaciones más fuertes, más confiadas y más llenas de cariño.

Este invierno, más que nunca, abracémonos, acompañémonos y disfrutemos de lo esencial: el tiempo con quienes más queremos.

La Navidad es mucho más que luces, regalos y villancicos. Para los niños/as, es un momento cargado de magia, historias y sensaciones que pueden convertirse en una oportunidad única para estimular su imaginación y creatividad. Aprovechar estas semanas festivas para fomentar su capacidad de inventar, soñar y experimentar es, además de divertido, un apoyo fundamental para su desarrollo cognitivo y emocional. En CEI El Jarama te contamos cómo sacar el máximo provecho de esta época para que los niños exploren su mundo interior y exterior de manera creativa.

1. Crear historias navideñas juntos

Una de las formas más directas de estimular la imaginación es a través de los cuentos. La Navidad ofrece un contexto perfecto: personajes mágicos, renos voladores, duendes traviesos y aventuras inverosímiles. Puedes sugerir a los niños y niñas que inventen su propia historia navideña, ya sea oral o escrita. 

Para hacerlo más divertido, establece un “rincón de cuentos” donde cada día se pueda añadir un capítulo nuevo. También puedes animarlos a crear personajes, mapas de mundos imaginarios o finales alternativos. Este tipo de actividad no solo potencia la creatividad, sino que también mejora la expresión verbal y escrita.

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2. Manualidades que cuentan historias

La creatividad también se puede trabajar con las manos. Las manualidades navideñas, como decorar árboles, crear adornos o fabricar tarjetas, son perfectas para que los niños transformen materiales simples en algo único. Pero para que la imaginación se active aún más, se puede añadir un elemento narrativo:

  • Inventar la historia de un adorno antes de colgarlo en el árbol.
  • Construir un pueblo navideño con cajas y papel, asignando a cada casa un personaje o una pequeña aventura.
  • Crear regalos hechos a mano para familiares y amigos, fomentando la reflexión sobre quién recibirá el regalo y qué historia hay detrás de él.

Este tipo de actividades desarrolla la motricidad fina, la paciencia y la capacidad de planificación, al tiempo que fomenta la curiosidad.

3. Juegos de rol navideños

La imaginación se potencia enormemente cuando los niños se convierten en protagonistas de sus propias historias. Los juegos de rol navideños permiten que se metan en la piel de Papá Noel, duendes, renos o personajes de sus cuentos favoritos.

Una idea sencilla es organizar una “obra de teatro” navideña en casa o en el aula, donde cada niño tenga un papel y pueda improvisar diálogos. Otra opción es inventar misiones navideñas, como entregar regalos secretos o rescatar un reno perdido, que requieran resolver problemas y tomar decisiones creativas. Además de estimular la imaginación, estos juegos fomentan el trabajo en equipo, la empatía y la comunicación.

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4. La música y la creatividad

La música es otro recurso poderoso durante la Navidad. Cantar villancicos, inventar nuevas letras o incluso crear instrumentos caseros con materiales reciclados permite que los niños exploren sonidos, ritmos y emociones. Puedes organizar una sesión de “orquesta navideña” donde cada niño interprete un instrumento inventado o componga un villancico propio.

Estas experiencias no solo desarrollan la sensibilidad artística, sino que también promueven la memoria, la concentración y la capacidad de expresión emocional.

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5. Aventuras al aire libre

Aunque muchas actividades navideñas se desarrollan en interiores, la naturaleza también ofrece un espacio ideal para estimular la imaginación. Salidas al parque o al jardín pueden convertirse en pequeñas expediciones: buscar “tesoros escondidos” entre la nieve o las hojas, inventar historias sobre criaturas mágicas que habitan el lugar o crear obras de arte efímeras con elementos naturales.

El contacto con el entorno fomenta la observación, la curiosidad y la creatividad científica, al permitir que los niños conecten sus ideas imaginativas con el mundo real.

La Navidad, una época llena de oportunidades para los más pequeños

La Navidad es un momento cargado de estímulos, pero también de oportunidades para que los niños desarrollen su imaginación. Desde la creación de cuentos hasta los juegos de rol, pasando por manualidades, música y aventuras al aire libre, cada actividad puede convertirse en un trampolín para la creatividad.

En CEI El Jarama creemos que estimular la imaginación no es solo un juego: es una inversión en el desarrollo integral de los niños, que fortalece su capacidad de soñar, pensar de manera crítica y resolver problemas de forma original. Esta Navidad, convertir la magia en creatividad puede ser el regalo más valioso que les demos.

En una granja escuela, los animales no son solo parte del paisaje: son auténticos maestros con patas, plumas o pezuñas. A través del contacto directo con ellos, los niños descubren no solo cómo vive una oveja, qué come un conejo o cuántos huevos pone una gallina, sino también valores y aprendizajes emocionales que difícilmente podrían adquirirse en un aula tradicional.

En CEI El Jarama lo vemos cada día: los animales despiertan en los niños curiosidad, respeto y una sensibilidad especial hacia la vida. Son una puerta abierta a la empatía, la responsabilidad y el trabajo en equipo.

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Aprender a cuidar para aprender a convivir

El primer gran valor que los niños aprenden en la granja escuela es el cuidado. Cuando un grupo de alumnos se acerca por primera vez a un corral o a un gallinero, la emoción es evidente. Pero detrás de la ilusión, hay un mensaje profundo: los animales necesitan de nosotros, y nosotros debemos aprender a cuidar con atención y respeto.

Dar de comer, limpiar un establo o cepillar a un poni se convierten en actos educativos cargados de sentido. En esos pequeños gestos los niños comprenden que cuidar implica paciencia, constancia y responsabilidad, y que toda acción tiene consecuencias: si olvidamos llenar el cubo de agua, alguien pasará sed.

Este tipo de experiencias son especialmente valiosas en una sociedad donde los ritmos acelerados y la tecnología alejan a los niños del contacto con la naturaleza. En la granja, vuelven a conectar con lo esencial: los ciclos de la vida, las necesidades básicas de los seres vivos y el valor de cada gesto de cuidado.

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La empatía como aprendizaje central

El contacto con los animales despierta una emoción inmediata. Un cerdito que se acerca curioso, un cordero que reclama atención o un conejo que se deja acariciar generan una respuesta emocional genuina. Los niños aprenden a interpretar las señales de los animales, a reconocer cuándo están tranquilos o asustados, cuándo disfrutan o necesitan espacio.

Esa observación y ese respeto hacia otro ser vivo se traducen en empatía. Aprenden que el bienestar del otro —sea un animal o una persona— depende también de cómo lo tratamos.

Numerosos estudios sobre educación emocional destacan el papel de los animales como mediadores en el aprendizaje social. En la granja escuela, esa teoría se hace práctica: los niños interiorizan, a través de la experiencia, valores como la compasión, el respeto y la solidaridad.

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La paciencia y la observación: virtudes que florecen en la calma

En un entorno natural, las cosas no ocurren con un clic. Los animales siguen sus ritmos, y los niños deben aprender a esperar. Esperar a que la cabra se acerque, a que el gallo termine de cantar o a que las gallinas se acostumbren a su presencia.

En esa espera, los niños entrenan una virtud poco común hoy en día: la paciencia. Además, desarrollan la capacidad de observación, aprendiendo a mirar con atención los comportamientos, los movimientos y los sonidos que comunican los animales.

Son aprendizajes sutiles pero poderosos, que fortalecen la concentración y la sensibilidad. Al final del día, los niños no solo saben más sobre animales: se conocen mejor a sí mismos, sobre su capacidad de esperar, de escuchar y de cuidar.

Cooperar para cuidar mejor

La vida en la granja escuela es también una escuela de cooperación. Las tareas con animales suelen hacerse en grupo: llenar los cubos de agua, limpiar el establo o preparar la comida requiere coordinarse, repartir tareas y colaborar.

Los animales se convierten así en un pretexto perfecto para trabajar en equipo. Sin que nadie lo imponga, los niños aprenden a ayudarse, a turnarse y a respetar los ritmos de los demás. Y, al ver que su esfuerzo conjunto tiene un resultado tangible —un corral limpio, un animal alimentado—, sienten una satisfacción colectiva que refuerza su sentido de comunidad.

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Un aprendizaje que deja huella

Quienes han vivido la experiencia de una granja escuela lo recuerdan con una sonrisa. No es solo un día diferente, sino una vivencia que deja huella. El contacto con los animales no se olvida: enseña de manera natural y sin artificios.

En CEI El Jarama, entendemos que la educación ambiental y emocional van de la mano. Por eso, cada actividad con animales está pensada para que los niños no solo aprendan contenidos, sino también valores que les acompañarán toda la vida: la empatía, el respeto, la responsabilidad, la paciencia y la cooperación.

Los animales, con su silencio y su presencia, son aliados educativos insustituibles. Nos recuerdan que educar también es cuidar, observar y compartir la vida con otras especies. Y que en ese encuentro, los niños descubren algo esencial: que todas las formas de vida están conectadas, y que cuidar del mundo empieza por cuidar de quienes lo habitan.

La curiosidad es el motor del aprendizaje. Es esa chispa que lleva a niños y niñas a hacerse preguntas, a buscar respuestas y a descubrir el mundo por sí mismos. En el CEI El Jarama, llevamos años viendo cómo la naturaleza es uno de los escenarios más poderosos para despertar esa curiosidad, especialmente la curiosidad científica: el deseo de comprender cómo y por qué ocurren las cosas.


La naturaleza como laboratorio vivo


El entorno natural ofrece infinitas oportunidades para investigar, experimentar y maravillarse. No hacen falta instrumentos sofisticados: basta con abrir los ojos, los oídos y las manos. Un charco se convierte en un ecosistema; una roca, en una historia geológica; una semilla que germina, en una lección de biología.

En este sentido, el aprendizaje en contacto con la naturaleza favorece un tipo de ciencia muy valiosa: la ciencia de la observación. Observar sin prisa, registrar lo que cambia, comparar, hacer hipótesis… son los primeros pasos del método científico, que los niños pueden practicar de forma natural mientras exploran el bosque o los huertos del CEI El Jarama.

El papel del adulto: guiar sin dar todas las respuestas


Fomentar la curiosidad científica no consiste en dar explicaciones complicadas, sino en mantener viva la pregunta. Cuando un niño pregunta por qué los caracoles salen después de la lluvia, el adulto puede responder con otra pregunta: “¿Qué crees tú que ocurre?” o “¿Dónde podríamos mirar para averiguarlo?”. De esta forma, la curiosidad no se apaga con una respuesta cerrada, sino que se amplía.

El papel del educador o del monitor es, por tanto, el de acompañante y facilitador de experiencias. Al proponer una actividad, no se trata de enseñar un contenido, sino de abrir una puerta: a la observación, al asombro y a la deducción.

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Experiencias que despiertan la curiosidad


En el CEI El Jarama utilizamos diferentes estrategias para fomentar la curiosidad científica desde la observación directa:

  • Paseos de descubrimiento: recorridos por el entorno en el que los niños y niñas viven la emoción de descubrir huellas, sonidos, colores, texturas, formas…
  • Mini investigaciones: pequeños retos que parten de preguntas reales (“¿Por qué algunos árboles pierden las hojas y otros no?”, “¿Dónde se esconden los insectos cuando hace frío?”). El grupo observa, formula hipótesis y contrasta sus ideas con la realidad.
  • Talleres sensoriales: tocar, oler, comparar, mezclar… los sentidos son una puerta de entrada fundamental a la curiosidad.
  • Proyectos a medio plazo: seguir durante varios días la evolución de un fenómeno natural, como la germinación de una planta o la metamorfosis de una oruga, permite observar los cambios y comprender procesos complejos de forma vivencial.

Todas estas experiencias, además de despertar la curiosidad, fomentan habilidades transversales: la atención, la paciencia, el trabajo en equipo, la capacidad de análisis y la expresión oral.

La ciencia empieza con una mirada

Cuando los niños observan un fenómeno natural y se hacen preguntas, están iniciando un proceso científico. Preguntan, formulan hipótesis, las contrastan, sacan conclusiones… y vuelven a empezar. Lo importante no es que lleguen a una respuesta exacta, sino que aprendan a pensar de manera curiosa y crítica.

Esa actitud de explorador, de quien mira el mundo con ojos nuevos, es la base de cualquier aprendizaje significativo. Y la naturaleza es el mejor entorno para cultivarla porque es inagotable en estímulos: siempre hay algo nuevo que ver, tocar o escuchar.

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El impacto de la curiosidad científica en la educación ambiental

Despertar la curiosidad científica no solo promueve el aprendizaje, sino también el respeto por la vida y el entorno. Cuando un niño observa atentamente una planta, un insecto o un río, establece una conexión emocional con él. Comprende que forma parte de un sistema mayor, y empieza a cuidarlo desde la empatía y la conciencia.

En ese sentido, fomentar la curiosidad científica es también educar para la sostenibilidad. Un niño curioso por la naturaleza será un adulto más consciente y comprometido con su conservación.

Una invitación a mirar más despacio

En un mundo donde las pantallas y la inmediatez dominan, detenerse a observar un brote que crece o el vuelo de un insecto puede parecer un acto sencillo, pero tiene un enorme poder educativo. En el CEI El Jarama seguimos apostando por ese tipo de aprendizaje que nace de la experiencia directa, del contacto con la tierra, del silencio y la observación.

Porque cada paseo por la naturaleza puede convertirse en una lección de ciencia, y cada pregunta, en el comienzo de un descubrimiento. Solo hace falta mirar con curiosidad… y dejar que la naturaleza haga el resto.

Cuando pensamos en actividades al aire libre para nuestros hijos/as, solemos imaginar días soleados, temperaturas agradables y un cielo despejado. Sin embargo, en España buena parte del año viene acompañada de lluvias, y eso hace que muchas familias y educadores duden a la hora de apuntar a los más pequeños a campamentos o actividades extraescolares en la naturaleza. La lluvia parece un obstáculo, cuando en realidad puede ser una gran aliada para el desarrollo infantil.

En CEI El Jarama llevamos más de tres décadas recibiendo grupos escolares y familias en plena naturaleza, y sabemos que los días de lluvia ofrecen experiencias únicas, irrepetibles y muy valiosas para el aprendizaje y el crecimiento personal de niños y niñas.

La naturaleza no se detiene con la lluvia

Para los adultos, la lluvia suele significar incomodidad, tráfico complicado o planes cancelados. Pero para los niños/as, un entorno natural bajo la lluvia se transforma en un escenario lleno de descubrimientos.

Las gotas que resbalan por las hojas, los sonidos que cambian en el bosque, la tierra húmeda que huele distinto… todo se convierte en estímulo sensorial. Observar cómo el agua alimenta los ríos, cómo la tierra absorbe la lluvia o cómo algunos animales se refugian es una auténtica lección de ciencia en directo, mucho más viva que cualquier explicación en un aula.

Además, comprender que la lluvia forma parte de los ciclos naturales ayuda a los pequeños a tomar conciencia de la importancia del agua, un recurso vital que debemos cuidar.

Juegos que solo existen en días de lluvia

Si has visto a un niño/a saltar en un charco, sabes de lo que hablamos. La lluvia invita al juego espontáneo y creativo: desde carreras con barquitos de papel en los regueros hasta competiciones de salto en el barro. Estos momentos, aunque sencillos, aportan mucho más que diversión: fomentan la imaginación, la cooperación y la tolerancia a la frustración cuando algo no sale como esperaban.

En un campamento o en una actividad extraescolar, los monitores aprovechan esos juegos para trabajar competencias clave: la coordinación, el respeto a los turnos, la creatividad y, sobre todo, la resiliencia. Aprender a disfrutar aunque el tiempo no acompañe es una habilidad que los niños/as llevarán consigo durante toda la vida.

La lluvia y su importancia para el crecimiento de los niños y niñas

Beneficios emocionales: aprender a adaptarse

La lluvia nos enseña a aceptar lo que no podemos controlar. Para los pequeños, enfrentarse a un día de juegos con lluvia es una oportunidad para practicar la flexibilidad y la capacidad de adaptación. En lugar de frustrarse porque el tiempo no es “perfecto”, aprenden a valorar lo que sí se puede hacer y a encontrar belleza en lo inesperado.

Esto tiene un impacto directo en su desarrollo emocional: se vuelven más pacientes, tolerantes y abiertos a los cambios. Y, como cualquier madre o padre sabe, estas habilidades son tan necesarias en la vida como las matemáticas o la lectura.

Salud y movimiento: el agua como aliada

Aunque pueda sorprender, jugar bajo la lluvia no solo no es perjudicial, sino que puede aportar beneficios a la salud infantil. Con ropa adecuada —chubasquero, botas de agua, ropa de recambio—, la lluvia no supone ningún riesgo especial.

Al contrario, salir al aire libre en lugar de quedarse en espacios cerrados reduce la exposición a virus en ambientes cargados y fomenta la actividad física, tan importante para combatir el sedentarismo. Los niños/as corren, saltan, trepan y se mueven de forma natural, fortaleciendo su sistema inmunitario y su motricidad.

Una herramienta educativa para padres y educadores

Cuando un grupo vive una jornada de lluvia en la naturaleza, los profesores/as y educadores/as de CEI El Jarama tienen en sus manos una herramienta educativa muy potente. La lluvia ayuda a hablar de ecología, de respeto al medio ambiente y de cuidado del agua. Pero también de emociones; ¿qué sienten cuando se mojan?, ¿qué piensan al ver cómo cambia todo con la lluvia?, ¿cómo buscan soluciones para seguir jugando?

Estas conversaciones, combinadas con la experiencia práctica, refuerzan valores como el trabajo en equipo, la empatía y el respeto por la naturaleza.

CEI El Jarama: vivir la naturaleza en todas sus formas

En CEI El Jarama estamos convencidos de que la lluvia no es un freno, sino una oportunidad. Diseñamos nuestras actividades para que niños y niñas disfruten en cualquier circunstancia: ya sea en un día soleado de verano o en una jornada otoñal pasada por agua.

Nuestros educadores/as están preparados/as para transformar la lluvia en una aliada, convirtiendo los charcos en juegos, los truenos en aprendizajes y los momentos de refugio en espacios para compartir historias y crear lazos entre compañeros/as.

Como padres, madres y educadores, podemos enseñar a los niños y niñas que la vida no siempre espera a que salga el sol, y que incluso en los días más grises se pueden vivir experiencias inolvidables.

La lluvia es un regalo: nutre la tierra, mantiene la vida y nos recuerda que la naturaleza sigue su curso. Permitir que los pequeños la experimenten de primera mano es ofrecerles una educación más rica, más completa y, sobre todo, más real.

En CEI El Jarama les invitamos a descubrir la magia de la lluvia en la naturaleza. Porque cada gota puede ser una oportunidad de aprendizaje.

El verano se despide y, con él, llega uno de los momentos más importantes del año para miles de niños y niñas: la vuelta al cole. Mochilas nuevas, libros por estrenar y, sobre todo, la ilusión de reencontrarse con amigos y maestras marcan este inicio de curso. Sin embargo, más allá de los materiales escolares, septiembre es también una oportunidad para reflexionar sobre qué aprendizajes queremos que acompañen a nuestros hijos e hijas durante todo el año.

vuelta al cole

En CEI El Jarama creemos que la vuelta al colegio no solo se mide en contenidos académicos, sino también en valores, experiencias y habilidades que preparan a los niños para la vida. Y ahí, la naturaleza, las relaciones sociales y el desarrollo de las llamadas soft skills juegan un papel fundamental.

vuelta al cole

Naturaleza frente a pantallas


Tras un verano en el que es habitual que los dispositivos electrónicos hayan estado muy presentes —móviles, tablets, videojuegos—, el inicio del curso escolar es un buen momento para retomar hábitos más saludables. Diversos estudios muestran que el exceso de tiempo frente a pantallas puede afectar a la concentración, el sueño y la capacidad de relacionarse de los más pequeños.

En cambio, el contacto con la naturaleza aporta justo lo contrario: calma, curiosidad, bienestar y aprendizajes que no se encuentran en los libros. Explorar un bosque, cuidar de un huerto o simplemente observar cómo cambia la luz al atardecer son experiencias que despiertan la sensibilidad y fomentan la creatividad.

En CEI El Jarama lo vemos cada día: los niños y niñas que conviven con la naturaleza regresan a clase con mayor capacidad de atención, más motivados y con una mirada más abierta al mundo.

La vuelta a las relaciones de verdad


El colegio es, además de un espacio de aprendizaje, un lugar de convivencia. Reencontrarse con los compañeros tras las vacaciones es un momento muy esperado y una ocasión ideal para fortalecer las amistades.

Frente a las interacciones digitales, a menudo rápidas y superficiales, las relaciones cara a cara permiten cultivar habilidades como la empatía, la escucha activa y el respeto mutuo. En el patio, durante los juegos o al trabajar en equipo, los niños aprenden a compartir, a resolver conflictos y a valorar las diferencias.

En CEI El Jarama defendemos que esas experiencias son tan valiosas como las matemáticas o la lengua. Porque no solo preparan para aprobar exámenes, sino para desenvolverse con éxito en la vida adulta.

El valor de las soft skills


El inicio del curso es también un momento perfecto para hablar de las soft skills o habilidades blandas: trabajo en equipo, comunicación, liderazgo, gestión de emociones… Competencias cada vez más valoradas en el mundo profesional y que, sin embargo, comienzan a construirse en la infancia.

Un niño que aprende a esperar su turno, a expresar cómo se siente o a tomar decisiones en grupo está desarrollando competencias que le acompañarán toda la vida. Y esas habilidades, que no aparecen en los libros de texto, florecen con más facilidad en entornos donde se fomenta la autonomía y se confía en la capacidad de cada uno.

Las actividades en la naturaleza, los campamentos y las dinámicas de convivencia que proponemos en CEI El Jarama son precisamente un terreno fértil para el desarrollo de estas competencias.

Una vuelta al cole con equilibrio

La vuelta al cole no tiene por qué ser sinónimo de prisas, deberes y pantallas. Puede convertirse en un momento para reconectar con lo esencial: la amistad, la curiosidad por aprender, la capacidad de sorprenderse con lo que nos rodea.

En CEI El Jarama creemos que este equilibrio entre aprendizaje académico, vida social y contacto con la naturaleza es la clave para un curso escolar realmente enriquecedor. Porque lo que los niños aprenden en estos meses no se mide solo en notas, sino en vivencias que marcarán su forma de ver el mundo.

Una invitación a las familias

Desde aquí animamos a las familias a acompañar esta vuelta al cole con pequeños gestos que refuercen este equilibrio:

  • Reservar tiempo en la rutina semanal para actividades al aire libre.
  • Fomentar conversaciones cara a cara en lugar de pantallas compartidas.
  • Valorar el esfuerzo y la colaboración tanto como los resultados académicos.
  • Apostar por espacios educativos que cuiden la conexión con la naturaleza y las relaciones humanas.

La vuelta al cole es, en realidad, una vuelta a la vida cotidiana. Pero puede ser también una oportunidad para sembrar valores que acompañarán a los niños mucho más allá de las aulas.

Cada vez más niñas y niños crecen en entornos urbanos. Viven rodeados de edificios, pantallas, tráfico y horarios muy marcados, pero con poco contacto directo con la naturaleza y los animales. Aunque las ciudades ofrecen múltiples oportunidades culturales y educativas, también es cierto que limitan una parte esencial del desarrollo infantil: la conexión con el medio natural.

Por eso, las experiencias de campo se han convertido en algo más que una actividad de ocio: son una necesidad para el bienestar físico, emocional y social de los más pequeños. Desde el CEI El Jarama, trabajamos precisamente para que la infancia tenga la oportunidad de descubrir el entorno natural, relacionarse con los animales y experimentar con todos los sentidos lo que significa estar al aire libre.

Un respiro para cuerpo y mente


Salir de la ciudad y adentrarse en un espacio de campo ofrece a los niños y niñas un descanso necesario del ritmo acelerado de la vida urbana. En la naturaleza, el tiempo parece ir más despacio. El aire es más limpio, hay más espacio para moverse libremente y menos estímulos artificiales que saturen sus sentidos.

Numerosos estudios han demostrado que jugar al aire libre ayuda a reducir el estrés, mejora la concentración y fomenta el bienestar emocional. Para un niño acostumbrado al asfalto, correr entre árboles, observar insectos o cuidar a un animal es una experiencia que despierta calma y alegría a partes iguales.

Aprendizaje a través de la experiencia


La naturaleza se convierte en un aula abierta donde todo se puede tocar, observar y experimentar. Mientras que en la ciudad el aprendizaje suele estar mediado por pantallas o libros, en el campo las niñas y niños pueden descubrir directamente cómo es la vida de una gallina, de dónde viene la leche, cómo crecen las hortalizas o por qué los árboles cambian de aspecto en cada estación.

Este tipo de experiencias fomentan la curiosidad y el pensamiento crítico. Al preguntarse “¿por qué pasa esto?”, el aprendizaje se vuelve significativo, porque nace de la propia vivencia y no de una explicación abstracta.

experiencias campo

Conexión con los animales: empatía y responsabilidad


El contacto con animales es uno de los aspectos más enriquecedores de las experiencias de campo. Cuidar de ellos, darles de comer o simplemente observar su comportamiento enseña a los niños y niñas valores como la responsabilidad, el respeto y la empatía.

A diferencia de los animales que aparecen en dibujos animados o vídeos de internet, los animales de granja son reales, con sus ritmos y necesidades. Entender que una cabra necesita cuidados, que un conejo se asusta con los ruidos fuertes o que un caballo requiere paciencia y delicadeza ayuda a desarrollar sensibilidad y a valorar la vida en todas sus formas.

Beneficios sociales: aprender a convivir


Las experiencias de campo también fomentan la cooperación y el trabajo en equipo. Muchas de las actividades que realizamos en CEI El Jarama, como el cuidado de un huerto o las tareas en la granja, requieren la colaboración entre niñas y niños. Esto no solo refuerza habilidades sociales, sino que también les enseña la importancia de compartir responsabilidades y apoyarse unos a otros.

Además, alejarse de la rutina urbana y de los dispositivos electrónicos favorece un tipo de juego más libre y creativo. Jugar con palos, construir refugios, inventar historias en medio del bosque… actividades sencillas que despiertan la imaginación y fortalecen los lazos con sus compañeros.

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Una educación para la sostenibilidad


Otro de los grandes valores de las experiencias de campo es que siembra en la infancia una conciencia medioambiental. No se trata de aprender conceptos abstractos sobre ecología, sino de vivir la naturaleza en primera persona. Cuando un niño planta una semilla y la ve crecer, comprende de manera práctica la importancia de cuidar la tierra.

Esa conexión temprana con el entorno natural es la base para que, en el futuro, sean adultos más comprometidos con la sostenibilidad y con el cuidado del planeta.

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Un recuerdo para toda la vida


Las niñas y niños que viven experiencias en la naturaleza no solo adquieren aprendizajes y valores: también generan recuerdos que se guardan para siempre. Montar por primera vez a caballo, recoger un huevo recién puesto, escuchar el sonido de la noche en el campo… son vivencias que permanecen en la memoria como tesoros personales.

En un mundo cada vez más digital, esas experiencias auténticas se convierten en un legado que les acompañará en su crecimiento y les recordará siempre que forman parte de algo más grande: la naturaleza.

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Volver al origen


Para niñas y niños de ciudad, las experiencias de campo no son un lujo, sino una oportunidad esencial para crecer en equilibrio, conectar con la naturaleza y aprender valores humanos fundamentales. En CEI El Jarama creemos firmemente que estos momentos de contacto con el campo y los animales marcan la diferencia en su desarrollo, ayudándoles a crecer más sanos, más felices y más conscientes del mundo que les rodea.

Porque al final, permitir que la infancia viva la naturaleza es darles la oportunidad de volver a lo esencial: descubrir, cuidar y disfrutar del entorno en el que todos, en última instancia, tenemos nuestras raíces.