Por qué los niños y niñas recuerdan toda su vida su paso por un campamento de verano

campamento de verano recuerdos

Hay recuerdos de la infancia que se quedan para siempre. El cielo estrellado de una noche de verano, una canción cantada en grupo, una amistad inesperada o esa sensación de libertad que solo se experimenta lejos de casa, rodeado de naturaleza y nuevas aventuras. Para muchos niños y niñas, el campamento de verano se convierte precisamente en eso: una experiencia que les acompaña durante toda la vida.

En CEI El Jarama, cada verano deja huellas difíciles de borrar. No solo por las actividades, las excursiones o las veladas nocturnas, sino por todo lo que ocurre entre medias: las emociones compartidas, las primeras veces, las amistades que nacen y la sensación de formar parte de algo especial.

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Un lugar donde crecer de verdad

Durante el curso, la vida de niños y niñas suele estar marcada por horarios, obligaciones y rutinas muy estructuradas. El campamento representa un espacio distinto, donde pueden descubrir nuevas capacidades, tomar pequeñas decisiones por sí mismos y relacionarse de una forma mucho más libre y auténtica.

En pocos días suceden muchas cosas: aprenden a convivir, ganan autonomía, superan miedos, prueban actividades nuevas y crean vínculos muy intensos con otros compañeros y compañeras. Todo eso ocurre además en un entorno natural que favorece el juego, la creatividad y la conexión emocional.

Por eso, los recuerdos de un campamento no desaparecen al terminar el verano. Permanecen porque están ligados a momentos de crecimiento personal muy importantes.

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Las amistades que deja un campamento

Una de las cosas que más recuerdan quienes han vivido esta experiencia son las amistades que nacen allí. En un campamento, las relaciones se construyen de una forma muy diferente a la del día a día. Se comparte todo: las comidas, las actividades, las risas, las canciones, las confidencias nocturnas y también los pequeños desafíos cotidianos.

Muchas veces, esas amistades terminan convirtiéndose en vínculos que duran años e incluso toda la vida.

Como recuerda nuestro excamper Álex durante la quedada Alumni (antiguos alumnos) de 2017:

Es todo un lujo el estar aquí una vez más, rodeado de tantas otras personas con las que comparto algo tan importante para mí como es este lugar. Seré breve, he pasado aquí mis últimos 7 veranos, soy como soy en parte por pasar aquí cada primera quincena de agosto y me llevo de aquí no solo valores, recuerdos y fimo, sino también amigos, amigos para toda la vida, y nada vale tanto como un buen amigo, por eso estamos hoy aquí, por eso este lugar es tan importante para todos, siempre será el lugar donde cada verano crecía un poquito más como persona y donde estreché lazos que sé que hoy son irrompibles.
Pase lo que pasé, esto no se olvida y el árbol que plantamos en la entrada nos lo recuerda, un poquito de nosotros siempre pertenecerá a este lugar.”

También Patricia, exalumna de los campamentos de inglés, resume ese sentimiento en una frase sencilla, pero muy poderosa:

Para todo el E-7, estén o no presentes, siempre fuimos y seremos una gran familia. Os quiero.”

Monitores/as que dejan huella

Otro de los grandes recuerdos de los campamentos son las personas que acompañan a los niños y niñas durante esos días. Los monitores y monitoras no solo organizan juegos o actividades: se convierten en referentes, compañeros de aventuras y figuras de confianza.

Muchas veces son precisamente ellos quienes ayudan a que un niño tímido haga nuevos amigos, quienes animan a alguien a superar un miedo o quienes convierten una noche cualquiera en un recuerdo imborrable.

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Elena, que vino desde niña hasta los 17 años y quiso volver a hacer sus prácticas de ocio y tiempo libre para luego quedarse de monitora durante unos cuantos veranos, lo explica perfectamente en este emocionante testimonio, que además refleja cómo un campamento puede influir incluso en el futuro profesional de una persona:

“En 1992 nacimos las dos, esta granja y yo. Creo que fue en el 98 cuando vine por primera vez de visita con el cole. Mi madre se quedó con el folleto para cuando fuera más mayor. A la edad de 8 años la visité con mis padres. Un chico jovencito y muy simpático llamado Alberto nos enseñó la granja. A mí me fascinó y gracias a esa visita, comenzó mi unión con CEI El Jarama. El primer año una semana, y a partir de entonces fui una veterana de la segunda quincena de agosto – español (excepto un año que me fui con los de inglés, pero eso fue un paréntesis en mis veranos jarameros) No puedo estar más agradecida a los compañeros y pedazo monitores que he tenido. Aprendí mucho de ellos. Me lo pasaba tan bien en este campamento que todos los años deseaba que el verano llegara para volver aquí.
Con 16 años decidí que sería mi último año como “niña de campamento” y me despedí de él. Pero no fue un “Adiós” si no un “Hasta luego”. A los 18 volví con el título de monitora bajo el brazo y firmé el primer contrato oficial de toda mi vida. Ahora era monitora de CEI El Jarama.
Tendría que agradecer a esta granja muchísimas cosas, pero no quisiera alargarme mucho más. Todos y cada uno de los profesionales que forman parte de este terreno han hecho felices a millones de niños. Han regalado ilusión, enseñado valores y curiosidades y creado amistades inolvidables.Eso me sucedió a mí. Aquí encontré mi vocación y mi pasión. Ahora trabajo con niños. Soy maestra, niña de campamento y monitora a tiempo parcial de CEI el Jarama, lugar de donde me llevo compañeros, amigos y experiencias que por muchos años han hecho y hacen lo que soy ahora. ¡Gracias!”

Además, CEI El Jarama recoge muchas otras historias llenas de emoción, como la carta escrita por Duna tras su experiencia en el campamento y que puedes conocer en este vídeo:

Un mundo que parece perfecto

Los campamentos dejan huella porque durante unos días los niños y niñas viven intensamente. Todo se magnifica: las risas, las canciones, los juegos y también las emociones.

Marcos lo describía así:

Buenos días (o tardes) a todos, imagino que estaremos sentados en un gran círculo pendientes de quién nos habrá escrito o quién se nos declarará a través de este buzón un tanto especial. En primer lugar me gustaría comentar que justo hoy hace 3 años y 195 días que escribí la penúltima carta, siendo un malísimo chiste que daban ganas de tirarme el zumo del desayuno encima. En realidad perdí la cuenta de todas las cartas que he podido enviar durante mis últimos 12 años de vida que he estado disfrutando en este mágico lugar, porque pasar más de la mitad de tu vida corriendo, llorando, aprendiendo y por supuesto creciendo no es coincidencia. Estoy seguro que gran parte de la persona que soy, he sido y seré es por culpa de este lugar, de su encanto, de sus monitores, animales y juegos, canciones y experiencias, pero sobre todo, por el gran cariño que cada año se le va cogiendo tras descubrir que sí que existe un mundo perfecto donde la mayor preocupación que tenías era ganar el torneo de fútbol contra esos monitores un tanto paquetes o descubrir cuál iba a ser la velada de esa noche.”

Y quizá ahí está la clave: un campamento no se recuerda solo por lo que se hace, sino por cómo hace sentir a quienes lo viven. Por eso, muchos años después, cuando los veranos ya han cambiado, todavía hay personas que siguen cantando aquellas canciones, recordando aquellas noches y sintiendo que una parte de ellas siempre seguirá en CEI El Jarama.

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